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Luz roja
En homenaje a la Sra. Juana Couretot de Güella
El día se presentó gris y lluvioso. El viento helado mecía las ramas de los árboles sembrando de amarillo las veredas.
Había poca gente en las calles como resultado de la desapacible mañana.
Algunos niños, aferrados a las manos de sus madres, caminaban con los rostros enrojecidos y los ojos brillantes. También se observaban varios hombres, sobriamente abrigados y algunos automovilistas detenidos frente al semáforo.
Por las aceras todos caminaban con rapidez, tratando de permanecer el menor tiempo posible en la intemperie. Sólo las personas de más edad se desplazaban con lentitud.
Pero algo ocurrió en esa fría y lluviosa mañana…
-Vamos, es hora de levantarse- la voz de la madre le llegó desde lejos.
La niña, desde la agradable tibieza de su cama , abrió lentamente los ojos encontró la sonrisa blanca de quien tanto la mimaba.
En el campo el invierno es más crudo y el frío orada la piel y se mete despacito hasta los huesos.
Para proteger la frágil salud de la pequeña, los padres habían decidido no enviarla a la escuela , el contacto con la educación lo realizaría en forma particular..
Se levantó presurosa y se dirigió a la cocina en donde esperaba el encargado de instruirla en el aprendizaje de las distintas materias. .A ella le divertía verlo con los anteojos redondos ubicados sobre la prominente nariz y sus grandes manos haciendo garabatos en el aire.
Bastó con encender la luz de la ansiedad para que pudieran continuar con la ayuda del maestro y la de su madre por el camino del conocimiento .Los niños asimilaron las enseñanzas y ampliaron su avidez por aprender con lecturas sabiamente dirigidas. En el hogar había una importante cantidad de libros y con cada lectura un mundo nuevo se abría ante sus ojos.
Sintió escalofríos y llamó a su madre para que le alcanzara un abrigo. A pesar de la calidez del ambiente la niña era muy sensible a los cambios climáticos y al comenzar el otoño su familia tenía especial cuidado en protegerla del frío.
Terminada la clase el maestro les comunicó a sus progenitores los avances de cada uno de los hermanos elogiando la dedicación y la buena disposición que la pequeña presentaba.
Desde la distancia escuchó la conversación .Era conveniente que los niños fueran a una escuela en donde estarían en contacto con otros chicos. Se irían a vivir a Pergamino, lugar indicado para que la pequeña y sus hermanos pudieran crecer y desarrollarse intelectualmente plenos.
La adolescencia la sorprendió estudiando y planificando el futuro en función de los demás. Tal vez se presentaba utópico todo lo que anhelaba pero sus planes eran concretos. Quería tener su propia biblioteca y desde allí trabajar para la comunidad.
Otra vez el frío.¡ Qué extraña persecución!. Las manos blancas parecían transparentes bajo la helada brisa del atardecer.
Se protegió con el grueso tapado, se colocó los guantes y caminó hacia su casa. Debía cruzar la plaza con el viento golpeándole el rostro y arrastrando las amarillentas hojas. No le agradaba el otoño. Podía apreciar la belleza de los tonos de los árboles y la calidez de las tardes soleadas pero un estremecimiento le recorría el cuerpo cuando en la noche escuchaba el ulular del viento entre las ramas.
Un oscuro presagio empañaba su sonrisa.
En la puerta de su hogar la estaba esperando el joven que pronto se convertiría en su esposo .El calor de su mirada borró ese oscuro pájaro de alas desplegadas que aparecía cada año con la llegada de las primeras brisas otoñales.
La boda, el traslado a San Nicolás y las distintas actividades que la mantenían ocupada en forma permanente hicieron que por varios años viviera en una constante primavera. No obstante el otoño hacía sentir su presencia en los atardeceres sombríos.
En las mañanas multiplicaba los distintos proyectos compartiéndolos con su esposo.
-¿Una biblioteca?_ preguntó él - ¿Acaso ya no participaste en la fundación de la Remedios de Escalada?
- Esta será nuestra- respondió ella- comenzaremos con algo pequeño, ya verás …
La frase quedó suspendida, pero la decisión continuó firme.
En el localcito de calle Ameghino los libros se fueron apilando y poco a poco fue creciendo el sueño convertido en una nueva realidad.
-Debemos buscar un espacio más grande- dijo mientras desayunaban - y crear filiales para que quienes viven en los barrios tengan acceso a los libros.
Él sonrió porque ya conocía el siguiente paso. Debería acompañarla, buscar la colaboración de otras instituciones y continuar apoyando el proyecto de su esposa.
Esa mañana algo ocurrió…
La venerable anciana se aprestaba a cruzar la avenida en medio de la persistente llovizna, el viento y el frío. Se levantó aún más el cuello de su abrigo y avanzó con paso lento.
Tal vez pensó en los cuidados que le prodigaba su madre o en el pájaro de alas negras que oscurecía el sol cuando llegaba el otoño o quizás en los títulos que necesitaban para completar una colección…
O quizás en la función teatral en su homenaje…
Le había agradado el reconocimiento aunque con su forma de actuar demostró siempre que lo importante es hacer sin pensar en las recompensas brindando a los demás la posibilidad de vivir en la luz y de construir mundos a través de las palabras.
El viento, en esa esquina de la ciudad, castigaba sin piedad a los transeúntes, avanzaba enloquecido y se escurría con mayor violencia por esa especie de túnel que formaban los dos edificios.
La anciana se detuvo y tuvo especial cuidado en esperar el color que le permitiría avanzar sin problemas. El color verde era también el color que caracterizaba a la primavera .Ella amaba a esa estación y le temía a ese otoño cruel que le azotaba el rostro.
Había poca gente en las calles. Algunos niños con los ojos enrojecidos y brillantes caminaban tomados de las manos de sus madres. También se observaban varios hombres sobriamente abrigados y algunos automovilistas detenidos frente al semáforo.
La venerable anciana se aprestaba a cruzar la avenida…
El colectivero pasó con luz roja.
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